domingo, 1 de junio de 2014

La luna en el jardín (Yemelí Cruz & Adanoe Lima, 2012)


Cuba | 10 min | Español

En un apacible jardín, en medio de la noche y rodeada por la vorágine de la ciudad, una mujer vive algo insólito.



La Luna en el Jardín y la emergente dignidad del stop-motion en Cuba

Por: Antonio Enrique González Rojas

Páginas bastante decorosas guarda la historia de la animación cubana para la técnica stop-motion, devenida favorita mundial para muchos de los autores más complejos y exquisitos, desde los checos Jiri Trnka y Jan Švankmajer hasta el australiano Adam Elliot, el japonés Kihachirō Kawamoto, los ingleses de los Aardman Animations y los estadounidenses Tim Burton y Henry Selick. Descolla sin dudas como obra cumbre criolla el muy soslayado mediometraje Papobo, concebido por Hugo Alea en 1986 para el ICRT, como corolario de una consecuente labor creativa, con títulos como el minimal Zic y Zoc y otras piezas de Reinaldo Alfonso: Marinero quiero ser (a partir del tema musical homónimo de Juan Almeida) y El abuelo de la Sierra, además de personajes que llegaron a ser entrañables para los públicos infantiles de los años 1970, como El Profesor y Billy the Click. Con una amplia brecha temporal que incluso ha determinado fracturas referenciales, nuevas generaciones de realizadores nacionales apelan a dicha técnica, cuyos brillantes resultados la validan en la fílmica internacional contemporánea.

De entre esta emergente tendencia en Cuba, aún no consolidada como movimiento de estética y discurso realmente auténticos para competir seriamente en una liza dominada por creadores y creaciones de saludable brillantez, sin dudas logran destacar como signos de una futura madurez, 20 años (2009), del matancero Bárbaro Joel Ortíz, quien también dotó de unos bellos minutos stop-motion a la coral y multinacional producción El camino de las gaviotas (co-dirigida con Alexander Rodríguez, Sergio Glenes & Daniel Herthel, 2010/2011), y el muy reciente La Luna en el Jardín (Yemelí Cruz & Adanoe Lima), suerte de sumatoria referencial y pastiche técnico donde se distinguen claramente la concomitancia con el australiano Anthony Lucas (The Mysterious Geographic Explorations of Jasper Morello, 2005) en las secuencias inicial y final, resueltas desde la más pura CGI, y con el mencionado dueto Burton-Selick (generadores en los respectivos cargos de productor y director, de cintas antológicas como The Nigthmare before Christmas, de 1993 y James and the Giant Peach, de 1996), en las escenas principales, acontecidas en el muy ilusorio y art-noveau jardín donde el alma trémula de guisa victoriana se pasea al anochecer y presencia, gracias a su parsimonia contemplativa, un suceso tan poéticamente modernista como el deceso de la mismísma Luna, olvidada por los humanos en sus atropelladas rutinas de la Era Industrial de inicios del XX, según los signos epocales develados en la obra.

Acreditado como versión libre de la novela “Jardín”, de Dulce María Loynaz, La Luna… frisa realmente la exquisitez formal con un cuidadoso trabajo de animación digital que debe haber agilizado enormemente el proceso de realización sin que se le acuse de facilismo, ya que no es crimen la mixtura y combinación orgánica de técnicas varias como sucede en la propia James…, en casi toda la obra de Lucas y en la muy bizarra Heart String Marionette (M. dot Strange, 2012), limitándose el stop-motion al personaje principal, cuya expresividad busca concentrarse en el rostro y los intensos ojos estilo Megamind (Thomas McGrath, 2010), sin alcanzar no obstante la inquietante intensidad de la canadiense Madame Tutli-Putli (Chris Lavis & Maciek Szczerbowski, 2007), ni mucho menos la soltura y dinámicas de movimiento la mencionada y otras muchas producciones como la mismísima 20 años o la hilarante Fantastic Mr. Fox (Wes Anderson, 2009), por lo que viene a constituir sólo un decoroso inicio para Cruz y Lima, necesitados, además de moderados elogios, de remontar la senda creativa en pos de una estética más auténtica, que no requiere obligatoriamente la excelsa pulcritud visual, a riesgo de tornarse esta una gélida coerción para el pleno explayamiento expresivo y conceptual.

Por el momento, este preciosismo técnico significa la pieza de marras dentro de la animación cubana contemporánea generada desde el ICAIC y el ICRT, demostrando saludablemente que el desaliño, la rusticidad o el laconismo visual no tienen por qué ser fatalistas sinos de la disciplina, pero no precisamente resalta por igual su lirismo y la propia historia, cuyo minimalismo no creo resulte entrañable ni conmueva demasiado, a pesar de la excelente interpretación del Adagio, de Caturla, por la Camerata Romeu, que carga sobre sí casi toda la fuerza expresiva, ni mucho menos el mensaje un tanto light contra la alienación moderna (ya trascendida por la alienación posmoderna, de otro cariz) y el consecuente resguardo del ser humano en el reducto de su espiritualidad.

La Luna y su deceso en el último retiro sensible del mundo, vienen a simbolizar entonces la irremediable pérdida de la capacidad poética, excesivamente recargada por siglos y autores sobre el satélite, como para (¡una vez más!) ser asociada con seriedad al lirismo. El enterramiento de los trozos selenitas que serán presunto abono de la postura plantada en el copete de la tumba, quizás sugiera el renacer de esta, pero mueve muy fácilmente a broma sobre el posible surgimiento de una matica de lunas como frutos, a lo Jack y los frijoles mágicos, frisando el kitsch más sensiblero, en detrimento cualitativo de esta producción, aún así muy digna para el microcontexto animado cubano.


Info por andoporaca


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