lunes, 24 de marzo de 2014

À la française - Morrigane Boyer, Julien Hazebroucq, Ren-Hsien Hsu, Emmanuelle Leleu, William Lorton (2012)


A la francesa
Francia | 7 min | Silente

En la corte de Luis XIV, una tarde en Versalles que retrata de manera pintoresca la vida de nobles y cortesanos. Trabajo de graducación para Supinfocom Arles en 2012.



À la française, lejos de caer en tópicos inducidos por ese comienzo tan usado durante toda la historia del cine para introducirnos en un film de época, da una vuelta de tuerca inesperada y muy sugerente que deja al espectador pegado al asiento desde el momento en que se abren las puertas del palacio de Versalles.

Partiendo de una estética, en los planos iniciales, con perspectivas de los jardines y el palacio de Versalles desde el exterior que nos traen a la memoria películas como La inglesa y el duque (2001) de Éric Rohmer, los autores del cortometraje nos invitan a pasar al palacio introduciendo una música diegética que rápidamente asociamos con las típicas fiestas cortesanas del siglo XVIII, pero… los protagonistas de la acción son nada más y nada menos que gallos y gallinas vestidos con lujosas vestiduras de época.

Con una perfecta ambientación, una animación mimada hasta puntos insospechados y cargada de golpes de genialidad, À la française merece un destacado lugar en el mundo del cortometraje actual, tal y como intentaremos demostrar a continuación.

Fue Luis XIV - popularmente conocido como Rey Sol-, el instaurador de la monarquía absolutista y el que dio al Palacio de Versalles su lugar en la Historia, convirtiéndolo en el punto neurálgico de poder. Allí concentró a la alta nobleza, agasajándola con múltiples fiestas extravagantes y otras diversiones como forma de control de posibles revueltas. Estas notas históricas son fundamentales para entender qué es Á la française. Metabolizada toda esta información, los alumnos de Supinfocom realizan un ejercicio de síntesis realmente admirable.



Al decidir hacer un cortometraje coral, eligiendo a gallinas y gallos como motores dinamizadores de la acción, los cinco cortometrajistas dotan a la acción de una carga humorística innata difícil de conseguir con otro tipo de personajes. Lejos de una preferencia baladí -como se podía pensar de otros cortometrajes avícolas como, por ejemplo, Flamingo Pride, donde las características del flamenco no están tan explotadas- la elección de nuestra raza de ave está muy pensada. A pesar de tener, a priori, pocas habilidades destacables, estas aves tienen un porte majestuoso en su forma de caminar, una cara impertérrita ante cualquier suceso, unos aderezos naturales –como la cresta, las agallas - que los dotan de una prestancia digna de cualquier habitante del Versalles del siglo XVIII. Si a todo esto le añadimos ese aire entre ingenuo y superficial que irradian estas aves, se convierten en el animal perfecto para protagonizar nuestro corto.

A la hora de valorar el cine de animación, es fundamental tener presente qué tiene de especial ese diseño animado. Si hacemos este ejercicio sobre À la française, lo primero que nos viene a la cabeza es la antropomorfización de los personajes pero sin olvidar su naturaleza avícola, cargándoles de una serie de sutilezas en sus gestos dignas de mención y generando a su vez gags de humor de lo más ingeniosos.

Como si de una prosopopeya se tratara, los creadores del cortometraje se toman todas las licencias posibles para poder asimilar los comportamientos de gallinas y gallos como conductas humanas observables en cualquier paseo por la corte de Versalles. Vemos al típico gallo americano –raza nacida para luchar por naturaleza- en guardia ante cualquier ruido disonante, o la gallina ponedora que, en este caso, en lugar de generar huevos, genera notas sobre los chismes que ocurren a cada instante en la corte, como los escarceos amorosos tan típicos de la época.

Otra virtud del corto que nos ocupa es no olvidar los propios hábitos de las gallináceas, como cuando una gallina está tomando su baño de arena pero, al oír que el Rey realizará la audiencia de rigor, se recompone para asistir a la misma; o el momento memorable de la reunión de féminas tomando el té, que son un reflejo de la hipocresía o banalidad de esta época donde ante todo hay que guardar las apariencias. Precisamente, esta idea será la metáfora de todo el corto: mientras las miserias son ocultadas debajo de la alfombra, parece que el mundo gira sin problema. Pero cuando se abre la caja de Pandora y estos trapos sucios son aireados, preludiarán el final de un ciclo, como ocurría en la fiesta final de Ridicule (1996) de Patrice Leconte. (cortosfera)



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